En el horizonte de los
años 90, no todo el campo de los videojuegos domésticos estaba abonado sólo con
Sega o
Nintendo. Es verdad que Sony y Microsoft aún no habían entrado en el mercado y faltaba tiempo para que lo hicieran (su llegada coincidió más o menos con el paso del cartucho al
CD), pero otras consolas ofrecían opciones alternativas. La
PC Engine, o
Turbo Grafx, como se conoció en España, fue una de ellas. Se trataba de un producto
raro y exclusivo con una oferta limitada y con un catálogo que veías desfilar de manera ocasional en las revistas de la época, como la mítica
Hobby Consolas. La impresión general que daba era de una
mayor calidad que las dos grandes de los 16 bits, aunque a día de hoy sabemos que sus prestaciones eran más o menos
equiparables. Sí que llamaba mucho la atención su
fantástico colorido y su
inusual oferta de juegos, en la que precisamente nos centraremos ahora.
De esta consola, se podría decir que casi cualquier juego entra en la categoría de
olvidado. Es improbable que se ponga de moda de nuevo, así que casi seguro que ese estatus no va a desaparecer jamás. Aun con todo, poseía un
amplio catálogo con algunos juegos muy llamativos. Por géneros, es la reina sin duda de los
matamarcianos, y también tiene algunos de los mejores
pinballs que se han programado. Pero en general se encontraba bastante equilibrada y tenía una oferta plural y satisfactoria.
¡Empezamos!
AVENTURA/ROL
Dungeon Explorer
Gauntlet con trama y mundo exterior. Así de sencillo, así de simplificado. Puedes elegir entre un montón de personajes de la fantasía épica clásica (gnomo, guerrero, elfo y otros) y adentrarte en un mundo lleno de monstruos con una mecánica de mazmorras a las que ir accediendo a medida que se desbloquea el mundo. Argumentalmente, buscamos una piedra especial antes de que caiga en las manos de un terrible ejército alienígena invasor comandado por el Rey Natas (Satán al revés). Sí, habéis escuchado bien. Dejando a un lado su peculiar desarrollo, estamos con un juego de exploración mezclado con matar bichos a miles y cerrar portales a cientos. Es decir, justo lo que como ya dije ofrece el clásico Gauntlet, pero con un nexo entre niveles y un argumento de lo más llamativo y peculiar que hubiera hecho las delicias de gente como Robert Howard y H.P. Lovecraft.